Cambiasso dejó chiquito al brasileño en una tarde fantástica. Se cansó de robar pelotas, asistió a Cruz para el empate y metió el gol de la victoria. El mejor del mundo, esta vez, fue el Cuchu.
Si por un día el fútbol fuera como el boxeo, donde el campeón tiene que defender su título, Esteban Cambiasso le habría arrebatado ayer a Kaká la corona de mejor jugador del mundo que ganó hace una semana. El Cuchu, estrella entre las estrellas, fue uno de los responsables de que el brasileño no brillara y, para dar vuelta el clásico, se vistió primero de asistidor y luego de goleador.
Este Inter-Milan no tenía muchas equivalencias en los números, y si los campeones del mundo pretendían ilusionarse con pelear el Scudetto, que se guarden las esperanzas: con la derrota quedaron a 25 puntos de su gran rival. Está bien, podrían ser 16 si ganan los tres partidos pendientes, pero… A dedicarse de lleno a la Champions, en donde en octavos lo esperan los tocadores del Arsenal. Lo que parece es que el Milan gastó toda las balas con Boca: a la vuelta de Japón perdió de local con el Catania por la Copa y ayer no pudo aguantar.
El soberbio tiro libre de Pirlo sirvió para una alegría fugaz y para desmitificar eso de que cuando se patea desde el borde del área es más difícil meterla: la pelota pasó cómoda por encima de la barrera y entró con espacio de sobra en el arco de Julio César.
“Supimos reponernos rápido al gol de Pirlo y fuimos a buscar el empate con mucho amor propio”, explica Cambiasso. Sí, el Inter no se quedó penando por una desventaja que no estaba muy de acuerdo con el desarrollo. Y fue el propio Cuchu, apareciendo por sorpresa por la izquierda (y no fijo en el sector como lo usa Basile), el que inició el empate. Lo buscó a Ibrahimovic y el sueco inventó espacios sin tocar la pelota: la paró, esperó, se le fueron tres al humo y recién ahí se la devolvió a Cambiasso. Una vez que se la tocó a Cruz, con lo afilado que anda el Jardinero, no hay más que contar.
“Luego del gol de Cruz controlamos el partido y a los jugadores peligrosos de ellos. En el segundo tiempo los presionamos bien arriba y ahí estuvo la clave del triunfo”, analiza Esteban. Justamente por ir a presionar bien arriba, Maldini, cual principiante, despejó de cabeza hacia el medio, Cambiasso apuró a Serginho y se lo comió, preparó la zurda, disparó y Dida… ¿Y Dida? Se tiró como si fuera un penal, intentando adivinar la punta y le pelota entró por el medio. La faena del Cuchu estaba hecha. Porque así había arrancado, para comerse la cancha. A la primera que quiso encarar Kaká, zurdita abajo para quitar. Después probó penetrar Seedorf, y otra vez el Cuchu. Siempre pelota, nunca ni un roce. Como en los mejores tiempos de Redondo, uno de sus referentes. Como para que el Coco evalúe si no es una opción no tan abierto. Quite, buen manejo, pases limpios, llegada… Y sin necesidad de usar una velocidad que no tiene y es fundamental para ser hombre de banda.
Cambiasso, a los 27 años (parece más, ¿no? es que a los 16 ya se había ido al Real Madrid B), se consolida en el mejor equipo de Europa, al menos en los números. Sin alardes, sin tantos flashes, es capaz de bancarse el trabajo sucio y de mostrar que el traje de gala no le queda mal.
Fuente: Olé
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